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sábado, 31 de enero de 2015

JOAQUÍN CORBALÁN EVOCA SU INFANCIA A TRAVÉS DEL LIBRO EL HOMBRE ERA UN MONTE.


Cuando era niño, vivía con mis padres en la casa solariega de huerta de mis abuelos. Recuerdo las imborrables imágenes de los grabados, colgados en las paredes. Ninfas con vestidos vaporosos en jardines y terrazas cuajados de guirnaldas floridas de la antigua Grecia, siempre asomados al mar Jónico y Egeo, abrazados por el Mediterráneo. Amantes semidesnudos en piscinas de grandes bloques de marmol de Carrara, o sentados bajo frondosos y floridos arboles, cipreses y laureles cuajados de verde. Guerreros musculosos con petos de cuero amancebados con bellas damas de pelo recogido y bucles sobre la cara, envueltas en tules de seda, adormecidos por las liras de esclavos y sentadas en bancos de piedra labrada rodeados de gárgolas y flores, siempre asomadas al mar del Peloponeso. Todas estas pinturas se quedaron a vivir en mi mente de niño, me hicieron amar ese mundo que probablemente existió. Nunca supe el nombre del pintor que me hacía volar en sueños cada noche a ese mágico lugar.
Estos días gracias al poemario de Irel-Faustina Bermejo Hernandez, El hombre era un monte, he sabido que el autor de aquellas obras era el neerlandés Lourens Alma Tadema. Gracias por ello. Ella ha vuelto a trasladarme a aquellos veranos de mi infancia bajo las flores del albaricoquero que había en el jardín, con mis tías leyendo a Homero regresando a Ítaca en su nave desvencijada. Mis tías vestían de astracán y charol en invierno y de satén en verano, realmente he vuelto a viajar en el tiempo.
Pero además del grabado a doble portada del cuadro de Alma Tadema, Irel, pinta con las palabras, dibuja con versos lo soñado y lo vivido, el presente y el pasado, dejando entrever el futuro. Su poesía evocadora de hombres y mujeres, de misterios del alma que solo el que ama sabe descifrar, te hace descubrir la magia escondida de los sentimientos. Es poesía cantada, es tragedia hecha verso, es teatro en su estado más puro.
La poesía de Irel, como la música de Mar de fondo o de Javier Illan, o la pintura de Agus Aráez, siempre lo dije, nos enseñan a volar con las alas del tiempo, a soñar con los ojos abiertos.
J.M.C. INDIANA.





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